martes, 8 de octubre de 2019

Bodegas El Regajal: Salirse de la norma

Puedo decir que soy un sensacionalista, en el sentido más estricto de la palabra. Cuando visito bodegas trato de captar las primeras sensaciones nada más llegar al enclave donde se sitúan. Lo primero que llamó mi atención cuando llegué a la Finca El Regajal es la sensación de estar en uno de esos reductos que aún existen en Madrid de pureza agrícola que las bodegas de la región tratan de preservar como el bien más preciado entre tanta mole de asfalto y crecimiento urbanístico. Además de por su belleza natural, Finca El Regajal destaca por ser una magnífica reserva natural de mariposas y otros lepidópteros que campan por las 14 hectáreas de las diferentes variedades que componen los viñedos, a saber: Tempranillo, Cabernet Sauvignon, Merlot, Petit Verdot y Syrah.
El proyecto nace en 1998 y es bien claro, elaborar unos vinos de calidad que expresen el valor del terruño a través de técnicas conectadas con la naturaleza como la biodinámica, un tipo de cultivo que tiene en cuanta los ciclos naturales.

Dependencias de la Bodega

Para conocer la bodega, que mejor anfitrión que el bodeguero responsable del proyecto, Daniel Garcia-Pita Jr, que junto al enólogo francés Jérôme Bougnaud, elaboran los vinos como verdaderos alquimistas, buscando las mejores proporciones en las variedades y las mejores crianzas para ensamblar unos vinos de calidad, entendibles tanto para el amateur del vino como para el más exigente de los entendidos.
Daniel es una persona llana, cercana, que como cualquier responsable que lidia con las labores del vino día a día, te transmite su pasión desde el primer momento.
El día de la visita viene contento porque acaba de llegar a la carrera y ha hecho buenas ventas, ya sabemos en que la mayoría de las bodegas de Madrid vender tus vinos es complicado, difícil promoción, falta de cultura vinícola madrileña por parte de los hosteleros, pero eso es otro cantar del que hablaré en otro momento...
Con una facilidad de palabra y un conocimiento exquisito de la vid explica que este año la producción ha sido menor, que suele ser de unos 5000 kilos por hectárea en el caso de su bodega. Explica los diferentes tratamientos que le dan a la vid y las  diferentes labores que se hacen aplicando la biodinámica, una técnica con tantos amantes como detractores y que ellos aplican en función de las características climáticas y de suelo que tienen.
Una vez mostrada la viña, pasamos a ver la bodega y conocer los aspectos diferenciales que hacen de los vinos de El Regajal algo diverso a lo que se viene haciendo en otras bodegas de la zona.
La principal diferencia es el uso de la barrica que se hace y el tiempo de maceración y fermentación que se emplea.

Daniel Garcia-Pita 

Las barricas empleadas no son nuevas y poseen al menos uno o dos años, además de tener una vida útil de unos siete años, cuando en otras las están desechando a los tres o cuatro años. El resultado es el de unos vinos con matices diferentes: Vinos sedosos, con una astringencia poco marcada, mucha fruta roja pero también toques balsámicos y un final más bien largo.
Para conseguir estos matices, además de la barrica, hay detrás un enorme trabajo de enólogo de analizar y catar las diferentes variedades para encontrar la alquimia perfecta del vino, ese coupage que aporte al vino su máxima expresión.
Es un privilegio visitar El Regajal y poder catar los vinos directamente de las barricas o los depósitos para valorar lo fácil y a la vez lo complicado que es elaborar vinos de calidad, aunque hoy en día tengamos avances tecnológicos que ayuden en todo el proceso de elaboración.
Cae la tarde y el sol se desvanece en El Regajal. Daniel nos despide con amabilidad y es hora de volver a casa, a la gran ciudad. Abandono la finca con la sensación nostálgica de que gracias a la fuerza inspiradora de otros podemos disfrutar de los vinos, pero eso, eso también es otro cantar...


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martes, 17 de septiembre de 2019

Cooperativa Argandeña, un ejemplo de tradición y adaptación

Como algunas de las historias que conocemos en nuestra vida, me topé con la historia de esta cooperativa casi por casualidad en mi visita a Fitur hace un par de años.
En el stand de Arganda del Rey estaba Cipri Guillén y su mujer Cristina, dando a probar los vinos y aceites de la cooperativa y explicando a todo el que quisiera escuchar el duro trabajo del campo y la lucha por sobrevivir en una región como Madrid, que no para de crecer demografica y urbanisticamente.
Lo que más me llamó la atención fue el brillo en los ojos de Cipri, ese brillo que poseen las personas que aman su trabajo y le dedican toda su pasión. Me explicó como ha ido evolucionando la cooperativa de más a menos productores y el gran esfuerzo que se realizó en 2002 para renovar las instalaciones y la maquinaria con el fin de mejorar si cabe los caldos que allí se realizan y ofrecer un vino de calidad y matices, alejado de aquel vino cosechero de taberna  que se ofrecía en los establecimientos de Madrid durante los siglos XIX y XX.
Un germén de la cooperativa de Arganda se remonta a 1800 cuando ya se producía el vino en la mayor subzona vinícola de madrid y se guardaba en tinajas en diferentes cuevas diseminadas por todo el casco antiguo de Arganda.
La vinícola de Arganda posee más de 80 años de historia realizando aceite y vino aunque este camino no ha sido fácil.

Viñedos y olivos en Arganda

Según me contó Cipri, en los últimos veinte años el número de cooperativistas y terreno cultivado tanto de vid como olivo se ha reducido en un 80% y hoy en día son 58 socios cooperativistas que se dedican al vino por los 350 que había hace dos décadas. La producción de aceite ha pasado de las 900 hectáreas de olivar a la mitad,450.
El enorme crecimiento urbanístico de Arganda, el abandono paulatino del campo al ser un trabajo duro y según mi opinión también la falta de protección institucional del sector primario (Agricultura y Ganaderia) en décadas pasadas, han pasado factura al campo en la Comunidad de Madrid.
Este hecho es lo que da valor a las personas que aún luchan por la tierra y lo que nos puede ofrecer.
Y en este sentido, aunando tradición y adaptación a los nuevos tiempos, cooperativas como la de Arganda han decidido apostar por la venta online y por la creación de una originalísima ruta enoturística que nos muestra el trabajo del campo de primera mano de alguien que sabe de lo que habla porque el campo es su vida y su pasión, desde como se trabaja la tierra in situ a como se producen los vinos actualmente, mostrando como ha evolucionado la maquinaria y el resultado de todo el proceso de elaboración con la cata de varios de sus vinos. Tenéis toda la información en la web.

Sala de barricas de la Vinícola Argandeña

Vinos tintos de la variedad Tempranillo y Syrah y blancos de las variedades Airén y Malvar, un clásico de los vinos de Madrid componen un catálogo de vinos que han obtenido numerosos premios en los concursos de cata, poniendo en relieve la evolución de la cooperativa en cuanto a la calidad de sus caldos.
Su aceite virgen extra de las variedades corniblaca, manzanilla y picual extraído de olivos centenarios muchos de ellos, suponen otra muestra de cuidado extremo de la materia prima para producir un aceite de gran calidad.
¿ Alguna vez os habéis parado a pensar la riqueza del campo de Madrid y lo poco que lo valoramos?
Está claro que hoy en día el turismo está comezando a ocupar el principal lugar en la economía de la región y recibe gran parte del apoyo económico y social de las instituciones pero iniciativas como la de la Cooperativa de Arganda o las de las diferentes bodegas de la región forman ya parte de nuevas visiones de hacer turismo preservando los valores tradicionales y mostrando trabajos casi olvidados que ponen el valor el origen de los alimentos o bebidas que probamos todos los días y que no nos paramos a pensar cúal es su origen y el esfuerzo que supone la producción de éstos...
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lunes, 19 de agosto de 2019

Fuera de ruta: Bodegas Faelo (Vinos de Alicante)

Son poco menos de las once de la mañana y el sol ya ajusticia al que ose permanecer un buen rato fuera del abrigo de alguna sombra. Ese sol mediterráneo tan lleno de vida pero tan húmedo y pegajoso en verano. Para llegar a Bodegas Faelo, en el entorno de Elche, necesitas atravesar varios caminos estrechos y asfaltados de aquella manera en donde los frutales y las casas de campo asoman tímidas a través de las vallas metálicas. En ese momento quizá eches algo de menos las parcelas de viñas perfectamente alineadas de la zona de Ribera de Duero o ese mar frondoso de hojas y racimos del paisaje manchego. Pero al llegar a la puerta de las Bodegas Faelo ves que todo aquí es distinto y desde el primer momento parece que has visto ese paisaje toda tu vida. La primera impresión, y no errónea, es la de una pequeña propiedad que es cuidada con esmero por la familia, como si se tratase de su bien más preciado. Bodegas Faelo ya va por la cuarta generación y van muy en serio, pequeños pero orgullosos de lo que hacen y el cuidado que le ponen.
Fue allá por el año 1930 cuando el primer miembro de esta estirpe de viticultores familiares se casa y decide, como es tradición en la zona, construirse una casa de campo. Ese mismo año ya obtiene su primera cosecha y comparte vino con amigos y conocidos que comienzan a apreciar su vino, de mejor calidad que el que imperaba por la zona. Ni la guerra ni la tardía filoxera impedirán a la familia continuar haciendo vino y venderlo a granel durante las siguientes generaciones. Unas cúantas décadas después, en el año 2000, la tercera generación, encarnada en Jaime decide darle un impulso a la bodega con la aprobación de su padre, llamado Faelo por sus amigos y conocidos e  introduce las mejoras necesarias para la elaboración de vino de calidad embotellado. Depósitos de acero, barricas o embotelladoras comienzan a formar parte del nuevo decorado de la bodega, que sin embargo no olvida los viejos aperos y utensilios como cuba de madera para pisar la uva o la prensa antigua manual que posee más de cien años.

Pasado y presente de Bodegas Faelo


Esta adaptación culmina en 2005 con la primera cosecha embotellada de la historia de la bodega. Desde entonces y añada a añada, han ido afinando la calidad de sus vinos hasta conseguir unos vinos bien elaborados.
En las dos hectáreas y media que posen de viñedo repartidas en tres parcelas poseen las variedades Chardonnay con la que elaboran un blanco cargado de frescor y fuerza, Syrah para elaborar un rosado potente en color y matices, Cabernet Sauvignon y Monastrell para elaborar un tinto crianza con carácter y diferente y Moscatel de Alejandria para elaborar su vino dulce, con un dulzor justo que acaricia el paladar. Vinos de la prometedora D.O. Vinos de Alicante en su máxima expresión.
La fórmula no es tan sencilla como parece. En la elaboración intervienen procesos de antaño como la pisada y el prensado de la uva de manera tradicional con los métodos más actuales como la fermentación en depósito de acero a temperatura controlada o la utilización de la Biodinámica en algunos procesos.
La poda y la vendimia se realizan en Luna Nueva, aprovechando que la savia de la planta está en su parte baja.
La biodinámica y la conjunción tradición-modernidad son sus señas de identidad pero no las únicas, por encima de todo está el respeto por la uva y lo que nos regala, eso es, la mínima utilización de sulfitos y la ausencia de fungicidas en los viñedos y sobre todo el esmero y la dedicación de una familia que, como muchas otras en el mundo del vino, luchan día a día por ofrecer vinos de calidad e intentar que lleguen hasta nuestros paladares.
Cuando abandonas la bodega olvidas los grandes viñedos de Ribera o de La Mancha y te quedas con la imagen de Jaime padre y Jaime hijo, que junto con el resto de personas que trabajan en aquella pequeña parcela de terreno, te hacen sentir como parte de su casa y su proyecto y lo hacen también un poco tuyo...

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