domingo, 19 de mayo de 2019

No hay vino malo...

Que no, que no hay vino malo...

Los primeros recuerdos que tengo sobre vino me llevan a mi infancia. Aún tengo grabada en la memoria la imagen de mi tío tomando su copita de Estola en las comidas, ese vino todoterreno de Villarobledo. O la de mi abuelo sacando su flamante botella de Vega Sicilia todas las navidades, una pena que sólo pudiera probarlo en una ocasión, con diecisiete años , creo recordar. He de reconocer que a pesar de ser un vinazo según los cánones de la enología, su sabor no se ha quedado impreso en ningún rincón de mi memoria.
La memoria está hecha de recuerdos y sensaciones y os aseguro que, aunque suene a blasfemia, tengo más marcado el sabor del calimocho de vino de tetrabrick o el de los vinos rosados de cuatro euros la botella. El primero porque me recuerda a los grandes momentos de amistad y fiesta con los amigos de la adolescencia y el segundo por el recuerdo de esas cenas con la que ahora es mi mujer cuando comenzamos a salir. El rosado fresquito era el único vino que no nos parecía fuerte.
Después uno va descubriendo sabores nuevos, prueba un tinto joven de esos afrutados, un poco de madera después y acaba probando cualquier vino, sea blanco, tinto o rosado.
Y en esa estamos...
Después de visitar ya unas cuantas bodegas y realizar alguna que otra cata, soy consciente de que cada bodega le pone todo el empeño del mundo al trabajo que realiza para que sus vinos sean de calidad y aporten sensaciones a quien los bebe. Pero la elaboración del vino es un proceso en el que influyen muchos factores y por ello aunque no guste, el resultado no es el deseado en muchas ocasiones.
En algunas bodegas que he visitado, sobre todo en las más familiares, comparan el proceso con el de la crianza de un hijo. A un hijo le tratamos de educar lo mejor posible, enseñándole unos valores y en definitiva, tratamos de que tenga una buena educación. En ocasiones, las cosas no salen del todo bien.
Pues con el vino ocurre igual, también así con el nuevo proyecto que empieza ahora su andadura.
Mi intención, como el bodeguero que mima y está al tanto de cada proceso de la elaboración de sus vinos, es la de tratar de ofrecer algo interesante a quien está al otro lado de la pantalla.
Por ello os propongo este viaje apasionante por el mundo del vino desde una perspectiva amateur, para ir descubriendo juntos nuevos lugares, nuevos vinos o nuevas bodegas y aprender de estas experiencias.
Para dar continuidad al proyecto que con tanta ilusión cree hace unos años con Madrid 1000 ciudades, os invito a visitar bodegas de Madrid y alrededores, tabernas de toda la vida donde chatear y sumergirse en otra época o a experimentar nuevas sensaciones catando los vinos de Madrid.

Porque no hay vino malo y el mejor vino es el que se comparte...
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