martes, 25 de febrero de 2020

Horche: De la España vaciada y el vino

Allá por el año 1948, Camilo Jose Cela se enfrascó en un viaje que le llevaría a recorrer La Alcarria y cuyas experiencias plasmó en un libro, quizá el más sencillo y directo, como él mismo diría más tarde. Un viaje a la España rural de posguerra, donde el tiempo parece que poco hubiese pasado desde tiempo atrás.
La mayoría de los pueblos por los que pasó el escritor gallego han sabido poner en valor su historia y su patrimonio gracias al tesón de sus vecinos, las corporaciones y las ayudas de los organismos culturales oficiales. Quizá el genial escritor viajero en su camino olvidó hacer parada en Horche, o quizá fue algo premeditado. A tan sólo unos kilómetros de Guadalajara es curioso ver como este pequeño pueblo es conocido por su pan y que gran número de panaderías y mantequerías de la capital de provincia usan éste como reclamo, empapelando sus escaparates con carteles del pan horchano.
El primer día de los dos que estuve en el pueblo, la incesante lluvia que caía me hizo creer que estaba en un pueblo vacío, sin ningún tipo de atractivo e interiormente me repetía que todos los pueblos tienen algo. Recorriéndolo en las treguas que la lluvia me daba lo descubri: El alma de los pueblos que luchan por no ser olvidados.
Porque como una metáfora, Cela paso de largo sin pararse en Horche, como el viajero que hoy pasa de largo dejando Horche a un lado de la N-320 en su camino hacia pueblos como Sacedón, Buendia o Pastrana.

Lavadero de Horche

Hoy en día, Horche no sólo puede presumir de hacer un buen pan sino también de contar con uno de los mejores talleres especializados en arte religioso del país.
¿Y dónde queda el vino de Horche?. Pues queda en las cuarenta bodegas aproximadamente que funcionan aún de las más de cuatrocientas que llegó a haber.
Gracias a la amabilidad y la disponibilidad de Sol, la responsable de la Oficina de Turismo de Horche, pude concertar una visita con uno de esos entusiastas horchanos que aún elaboran sus vinos que hoy llamamos de garaje, denominación tan "trendy" y puesta de moda ultimamente.
Gracias a personas como Sol y algunos vecinos de Horche, este pueblo lucha por poner en valor su cultura del vino y recursos turísticos, en muchas ocasiones con escasos medios de difusión, algo que le da más valor.
Hecha esta reflexión, vamos al vino. Visitar la bodega de Loren "Tartera", así conocido en el pueblo, es toda una experiencia. Tipo afable y llano, marca de la casa alcarreña, donde siempre me han recibido con exquisita hospitalidad.

El garaje museo de Loren Tartera

Una puerta de metal da acceso a una gran sala que algunos llamarían garaje en donde se disponen abigarrados útiles de todo tipo, desde la primera televisión que tuvo el pueblo de Horche pasando por planchas antiguas, una máquina de hacer banderillas o minicadenas musicales de los años 80.
Como a Loren le gusta decir, " Es un auténtico museo etnográfico, no como esos que visitas por ahí con cuatro aperos". Y razón no le falta porque, aunque algo bizarro, el garaje museo de Loren es una verdadera máquina del tiempo.
Pero lo mejor está al fondo, más allá de la puerta que da acceso a la parte de la zona excavada. Llámalo cueva, bodega o entrañas del pueblo. En varios rincones, diferentes utensilios como tinajas han sido reciclados y adaptados para conservar la cosecha del bodeguero.
Loren me comenta que compra unos 1200 kilos de uva garnacha por la zona de Horche y de Santorcaz, en Madrid y que le da un rendimiento de unos 600 litros de vino.
El método de elaboración es tradicional, fermentado de la uva con hollejo en depósito y al trasiego para embotellar directamente.

Bodega cueva


El resultado es un vino que a simple vista parece un clarete por su color pero cuando acercas el vaso a la nariz te lleva a la realidad más pura: Un vino joven potente, alcohólico (de hecho tiene unos 17 grados) y frutal a partes iguales. Diría que es un vino rudo pero que termina enganchándote como si llevases viviendo en el pueblo y bebiendo ese vino 40 años.
Loren no usa nada de sulfitos ni aditivos, quizá por ello me comenta que cuando toma otros vinos, por muy buenos que sean, le saben a químico...
Tras un par de vasos de vino, algo más contento  por el chateo, la charla con Loren y Sol y porque ha dejado al fin de llover, abandono su morada para seguir descubriendo Horche. Su lavadero antiguo y fuentes, historia viva de otras épocas de falta de agua corriente o su bonita Iglesia de la Asunción, de donde salen preciosas imágenes en Semana Santa que recorren el pueblo en procesión hacia sus coquetas ermitas.
Al día siguiente me voy de Horche corroborando que esos pueblos que luchan por no formar parte de la España vaciada son auténticos museos interactivos, reflejo de una tradición que deberíamos cuidar y no solo recordar en los escritos.
Seguramente el futuro de estos pueblos con una historia ligada al vino pase por el esfuerzo de sus vecinos y sobre todo de sus corporaciones por mostrar a los visitantes su rico patrimonio inmaterial y la implementación de actuaciones y planes enoturísticos concretos.

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